¿PAREJA O DEPENDIENTE? Revista GANAR SALUD

En la obra de teatro “Casa de muñecas” del escritor noruego Henrik Jhoan Ibsen, podemos ver cómo la protagonista, Nora es tratada por su esposo, Trovaldo Helder, como si fuera una hija, le procura sus caprichos y le fomenta la actitud alegre, dulce e inocente que ésta mantiene con él ; es como si tuviera una hija adulta.

¿Cuántas veces no hemos visto esta actitud en las parejas?

Vemos cómo hay que atienden en todo a su esposo, que no dejan que éste se meta en la cocina, ni que se dedique a los quehaceres de la casa. O, por lo contrario, el esposo que le dice a su esposa que no le cuenta sus problemas porque ella no los entendería.

Algunos podrían decir que lo que sucede es que la pareja se cuida mucho, pero ¿qué hay detrás de esta actitud llena de atenciones extremas?

Al hacer esto, estamos viendo a nuestra pareja como una persona con capacidades menores a las nuestras, incapaz de hacer o resolver situaciones al mismo nivel  que nosotros. Si nos ponemos a analizar esta actitud lo que encontraremos es una agresión  disfrazada de amor, es una forma de hacer sentir al  otro que es incapaz de efectuar ciertas cuestiones o tareas.

 Sin embargo, un niño no es una persona con capacidades menores que las nuestras, es sólo  una persona que todavía no las tiene del todo desarrolladas, por lo que al tratar a nuestra pareja como un niño, le damos el mensaje de que es inmaduro, pero a diferencia del niño que con el tiempo se irá desarrollando, el adulto nunca lo hará.

RAZONES

Al tratar al otro como ser inferior a nosotros, estamos agrediéndolo pero ¿por qué querríamos agredir a la persona que amamos?; Existen varias razones, todas inconscientes.

Una de ellas es cuando nosotros no nos sentimos seguros de nuestras capacidades; si permitimos que nuestra pareja participe y se inmiscuya en “nuestro terreno” quizá descubramos que él o ella tiene capacidades de entender y hasta resolver de mejor manera nuestros problemas. Y esto  nos llevará a que perdamos nuestro lugar seguro, el lugar donde uno sí es capaz.

Un ejemplo común es escuchar a una mujer decirle a un hombre que no se meta a la cocina, ya que si hace algo, ella terminará por hacerlo de nuevo, es decir, tú no eres capaz de hacer lo que yo hago. O el esposo que trata de llevar la economía familiar por si solo y si su pareja quiere aportar dinero a la casa, él le dice que su dinero es muy poco y que mejor se dedique a ella; el mensaje en este caso sería: tu dinero no vale igual que el mío.

En ambos casos vemos como una de las partes no deja que la otra se involucre, ya que si es así, perdería la hegemonía de su territorio y esto es lo que le da valía, una razón de ser. Y, precisamente es ahí donde entra en juego otro motivo por el cual se fomenta el tratar a la pareja como si fuera un hijo o hija.

Culturalmente durante años, nos han enseñado que el ser hombre implica ser alguien despreocupado por su aliño, con la suficiente fuerza física y/o económica para salvar a la pareja o familia de los problemas que pueda tener y, en definitiva, el que sale de la casa a casar el alimento, mientras que la mujer bonita, dulce y delicada se queda en casa cuidando a los hijos y cocina el alimento que el hombre trajo.

Estos roles son los que han dado la identidad de género durante muchos años. Pero, como todos sabemos, en estos momentos esto ya no es funcional así  y el sismo de roles nos obliga a considerar otros terrenos que,  en algún momento, estuvieron vetados para el sexo femenino.

Así, actualmente podemos ver los baños de los varones cambiadores de pañales o cómo una mujer se hace cargo económicamente de familias completas. Si nosotros insistimos en perpetuar las actitudes que nos fueron heredadas, el precio a pagar es muy alto, primero porque ya casi es imposible y segundo porque, al querer tener este terreno para nosotros solos, nos aísla y hasta anos implica doble carga de trabajo. Además, nos estamos cerrando a la oportunidad de vivir una relación deferente de la de nuestros padres, la cual podría ser más satisfactoria o menos pesada.

¿COMO ESCOGER PAREJA Y NO UN PADRE?

Para empezar, recomiendo que revisemos el o los motivos por los que escogimos a nuestra pareja. Cuando hablamos de parejas podríamos pensar que se trata de dos personas que han decidido estar juntas por diversas razones, por ejemplo, por tener aficiones semejantes, porque se sienten bien juntos, porque quieren un futuro similar etc.

Pero existen otras razones por las cuales se puede formar una pareja, por ejemplo, cuando ya no se tolera la relación con los padres o hermanos en casa, porque la economía no alcanza o porque es la única manera en la que se visualiza el logro de la independencia. Este tipo de razones nos llevan a escoger una pareja que pueda o quiera encargarse de nosotros.

Desde este momento podemos ver hacia dónde se dirige nuestra búsqueda. La primera nos trae consigo retos y logros que, a la larga, nos aportarán una satisfacción y crecimiento; la segunda, por otro lado, nos conducirá a una búsqueda de una segunda figura de autoridad (madre o padre), ante la cual no podremos explorar nuestras capacidades y éxitos propios, lo que a la larga, nos llevará a una inconformidad y un estado de molestia.

¿QUE HACER SI ESTAMOS EN ESTA SITUACIÓN?

El primer paso es poder detectarlo, ya que si no vemos el problema no podremos solucionarlo; el segundo paso es analizar cuáles son nuestros miedos y enfrentarlos, al hacerlo nos daremos cuenta de muchos de ellos son temores heredados o que, en realidad, no son tan grandes como creemos; finalmente, un tercer paso es explorar nuestras capacidades para poder desarrollarlas.

En caso de sentir que no podemos, recomiendo buscar apoyo a conocernos mejor y a sentirnos orgullos de nosotros mismos.